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Introducción

¿Cómo tocaría un pianista si detestara el piano con el que toca? ¿Cómo pintaría un artista plástico inconforme con los pelos de su pincel? ¿Cómo compondría un poeta si no amara las palabras? ¿Y cómo danzaría un artista del movimiento si menospreciara su cuerpo?

Pues casi a diario escucho algún adorador que danza lanzando alguna crítica contra su cuerpo. Que si…“estoy gorda”, que si…“soy fea”, “mira mis orejas”, “parezco esto”; “parezco aquello”

 Y es que vivimos en una sociedad que nos presenta un modelo de belleza unicista. Esto es lo bello, y todo lo demás que se salga de este molde, no lo es. Y esta noción no-cuestionada de belleza está en nuestro inconsciente cada vez que hacemos un juicio estético. Sin embargo, como hijos de Dios, no podemos conformarnos con consumir, sin reflexión crítica, la estética que impera en nuestra sociedad occidental actual. Más aún, deberíamos concebir la belleza siguiendo los cánones del Creador. Es nuestro Padre el artista por excelencia; el primero y el mejor, y es Su estética con la que debemos impregnar nuestro espíritu y nuestra mente. En la naturaleza no todo guarda una simetría perfecta, y aunque para algunos pueden haber animales, plantas, o minerales “feos” o “desagradables”, su opinión no elimina lo bello que le ha trasmitido de Sí el autor de la belleza.

Y es de esta misma manera, desde la óptica de una estética reducida, que miramos todo lo que nos rodea, incluso a nosotros mismos. Nuestra mente casi automáticamente comienza a comparar lo que vemos al espejo con lo que hemos asumido como “lo bello”. Y al no corresponder de la misma manera, nos descalificamos; nos menospreciamos, sentimos aversión por partes de nuestro cuerpo, o incluso, por todo lo que somos en general. Pero… ¿quiénes somos nosotros para cuestionar el trabajo artístico de Dios?

Y es que la belleza no es de una sola manera. La belleza es multiforme. Y nosotros, los hijos del Diosdebemos aprender a apreciar la belleza de lo que Dios ha hecho en cada una de sus diferentes formas. Es importante desaprender y adiestrar nuestra mente para apreciar la belleza no-convencional en otros, y en nosotros mismos. Pero este adiestramiento toma tiempo. No es sencillo, y requiere una práctica constante.

¿Y qué pasa con mis gustos?

Ciertamente cada persona tiene sus gustos, pero al igual que el gusto de nuestro paladar cambia con los años, los demás sentidos también se adiestran y los gustos se perfeccionan. A algunas personas no les gustan los vegetales, mientras que a otros les parecen deliciosos; y esto no le añade ni le quita valor a la obra maestra que ha hecho nuestro Dios. Muchas de las cosas que preferimos o rechazamos, las hemos adoptado por el gusto de nuestros padres, o por el entorno en el que nos criamos. Es por esto que sería muy erróneo pensar que cuanto yo conozco y valoro, es lo bueno y lo bello, y todo lo demás no lo es.

Escuché el caso de un hombre que no le gustaba el pollo; así de simple, como a muchos nos pasa cuando no nos gusta algo, porque sí”. Sin embargo, un día en que recordaba eventos de su niñez, recordó un acontecimiento con una gallina que de niño le causó gran temor. ¿Es posible que esta experiencia fuerte que tuvo cuando era niño tuviera un impacto en sus gustos alimenticios? Yo pienso que es muy probable. Y esto es más común de lo que creemos; no tan solo en lo que comemos, sino también en cómo nos vemos a nosotros mismos. ¿De cuántos no se burlaron o mofaron de niño en la escuela, o inclusive en la propia casa? ¿A cuántos no les dijeron: “feo”, o “gorda”“tienes el pelo malo”, “que dientes más grandes”?

Tristemente esto es muy común. De esta manera crecemos con complejos, mirándonos a nosotros mismos con desprecio, queriendo cambiar nuestro aspecto y menospreciando la belleza única que portamos del Creador. Por eso es importante no confundir los gustos que hemos asumido con la belleza que Dios ha esparcido en todo lo que ha creado. Es imperante hacernos conscientes de cómo las experiencias con nuestro cuerpo pueden influir positiva o negativamente en la puesta en práctica de nuestro llamado aquí en la tierra y del propósito de Dios a nuestras vidas. Pues una imagen propia fragmentada puede afectar la forma en que nos expresamosya sea ennuestra adoración mientras danzamos o lo que podamos ministrar la vida de alguna persona. Para un artista del Reino que utiliza su cuerpo como su principal instrumento para alcanzar las vidas y para expresar su espíritu en adoración al Padre, esto es un asunto que no puede pasar desapercibido.

Una invitación a la sanación

Algunas experiencias dolorosas que atravesamos pueden dejar en el cuerpo rasguños, moretones o cicatrices; pero otras, aunque no dejan marcas físicas, también pueden dejar rastros en nosotros. Si estas leyendo esto, es un buen momento para sanar las experiencias dolorosas relacionadas con el cuerpo; y si ya has sanado, es una oportunidad de sanar una vez más. Las heridas profundas requieren más tiempo para ser sanadas y que más de una vez sean curadas.

Te invito a que incluyas al Espíritu Santo en este momento, y te preguntes si hay áreas de tu cuerpo con las que te sientes inconforme. ¿Crees que es posible que las opiniones o críticas de los demás hayan influido en tu percepción sobre ti? ¿Han habido eventos que hayan lacerado el hecho de sentirte cómodo o cómoda en tu propio cuerpo?  Tómate unos minutos y permite que el Espíritu Santo ministre sobre tu vida, y te revele áreas que tal vez desconoces que necesiten ser sanadas.

Creando desde lo fragmentado

He leído sobre una práctica en Japón que utiliza polvo de oro y pegamento fuerte en las grietas de las cerámicas rotas, para repararlas. Se llama Kintsugi, y es una forma de arte que le otorga mayor valor a lo que ha sufrido daño  y testifica de la historia que contiene.

Cuando Jesús, luego de haber resucitado, se le presenta a sus discípulos que se encontraban a puerta cerrada y con temor; ellos dudaron que fuera él. Y como prueba de que era él mismo, les enseña las marcas que había recibido en la cruz, en sus manos y en sus pies. Esas cicatrices de Jesús eran su símbolo de identidad. Nadie más que él, que había pasado por la cruz y había resucitado, tendría marcas similares. Así, los procesos en tu vida, y en la mía; los momentos difíciles, las burlas, y las críticas; una vez Dios los haya sanado, nos dejan marcas de identidad. De manera que cuando otros tengan dudas sobre nosotros, o más aún, cuando no creamos en nosotros mismos, podemos mostrar nuestras marcas, nuestras cicatrices, nuestros procesos ganados, y así atestiguar del gran poder de Dios. Por eso no te avergüences de tus cicatrices, ni las escondas. Como en el Kintsugi, haz tus marcas curadas visiblemente bellas, para que cuando sea el momento que el Padre las necesite exhibir, puedas decirle a otros: “mete tu dedo en mis manos y tu mano en mi costado, si el Señor lo ha hecho conmigo, contigo también lo hará; no seas incrédulo, sino ten fe.” No tengas miedo de adorar al Dios de tu historia, elque ha sido testigo de tus cicatrices, y quien de ellas puede hacer una obra aún más bella.

Adiestrándonos con la belleza del Cielo

 Si te has dado cuenta que has juzgado a los demás, y a ti mismo, con los cánones de belleza que nos ha impuesto la sociedad y no con los cánones del Cielo, tengo que decirte que YO TAMBIÉN.

Yo también me he dejado llevar por los conceptos de belleza que me han enseñado y no los he cuestionado.

Yo también he sido muy crítico conmigo mismo y con mi aspecto físico.

Yo también he menospreciado la belleza del Creador en otros.

Yo también he tenido que desaprender; y aprender que los pensamientos de lo que es bello para Dios no son iguales que los nuestros.

Notas Finales

Mi invitación es que mientras haces los quehaceres de tu día, intentes buscar los rastros de la belleza de Dios que está impregnada en toda Su creación. Fíjate en el cielo, en las nubes y en el sol. Si está lloviendo, observa el agua, y aprecia el aroma que se produce. El día no se pone feo cuando llueve, es una belleza distinta, pero equivalente. Observa las personas con las que puedes entrar en contacto, y en lugar de dejar que la mente programada pase juicio sobre alguien, piensa en los destellos de la belleza de Dios en esa persona. Hoy, atrévete a ver los rastros de Dios en los menos mirados por nuestra sociedad; en las personas sin hogar, en los que tienen un color de piel distinto al tuyo, en los que llevan marcas en sus cuerpos. Si realmente observamos y no solo miramos, vamos a encontrar en cada persona una belleza singular, una obra maestra, que continúa perfeccionándose. Cada obra de arte testifica del artista que lcrea; así cuando buscamos mirar a Dios desde las cosas y personas que ha creado, lo veremos y conoceremos de formas que no hubiéramos imaginado. Por último, mírate al espejo y contempla con la óptica del Cielo, la belleza que te ha sido impartida por la mano del Majestuoso Artista, y que está contenidaen cada célula y partícula de tu ser. No tienes que compararte con nadie más, ni juzgarte por gustos estéticos limitantes.

La belleza del Cielo está en ti. ¡Créelo!

 por Ricardo L. De Jesús

Imaginare! Arts Equipo Puerto Rico


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Ricardo L. De Jesús es parte del Equipo Creativo de Imaginare! Arts en Puerto Rico. Ricardo posee un bachillerato en Filosofía de la Universidad de Puerto Rico, recinto de Río Piedras. Actualmente es estudiante de Bachillerato en el Departamento de Danza de la Universidad del Sagrado Corazón en Puerto Rico. Ricky sirve al Señor con entrega y dedicación y se congrega en la Iglesia La Travesía en San Juan.

Únete a la discusión 3 Comentarios

  • Darlene dice:

    Gloria a Dios porque somos hechura suya. Porque cuando el hombre dice, no tienes la capacidad de danzar, Dios te mueve con hilos de amor para que le dances y glorifiques su nombre. Ricardo, que inspiración eres en mi vida. Un abrazote, Dios te bendiga. Darlene

  • Liz dice:

    Increible, majestuoso. Se comprende a la perfeccion. Espero q lo descrito le lleguen a muchos(@) Sigue pa lante, exito. Bendiciones

  • Wil Echandy dice:

    Poderoso. Bendiciones

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